Bocatas y arroces, estrellas y copas, velas y vientos…

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Los hermanos Andrés revolucionan la restauración de Valencia en el espectacular edificio Veles e Vents, con una propuesta donde la gastronomía, la cultura, la formación y el ocio van de la mano. Ya funcionan Malabar —una alta bocadillería, digamos— y La Marítima: el típico restaurante de pescados y arroces, pero puesto al día y en serio. En otoño se incorporará el estrellado La Sucursal, líder de un proyecto ambicioso e innovador.

Llevamos un lustro un poco raro en Valencia DF, desde la epidemia de cierres de principios de 2012 y el milagroso renacer del año siguiente. Los protagonistas eran Ricard Camarena, Vicente Patiño o Raúl Aleixandre, además de Quique Dacosta, Ricardo Sanz o Tomás Arribas en su paso por la ciudad. Desde aquel bienio dramático con final feliz, la cosa ha estado tranquila: se ha hablado de Top Chef y poco más. Hasta que ha echado el resto La Sucursal, que siempre ha estado ahí.

Los del estrellado restaurante del IVAM, forzado a abandonar el museo por la nueva dirección, se dijeron que por qué no pensar en grande. Y, en alianza con Heineken, se hicieron cargo del impresionante edificio Veles e Vents, un inmueble de titularidad pública con espectaculares terrazas sobre el puerto y más de 10 mil metros cuadrados en cuatro alturas, que se construyó como centro de acogida de la Copa América y languidecía tras el fin de la era de los fastos.

Veles e Vents da de sobra para espacio cultural —exposiciones, conciertos—, centro docente —la Escuela de Hostelería Gambrinus, las prácticas del grado de gastronomía de la Universidad de Valencia—, lounge y copas por la tarde y a la noche… Y tres restaurantes. Para el más gastronómico —el propio La Sucursal, en su tercera ubicación desde que abrió en 1995—, los hermanos Andrés ultiman una idea ambiciosa e innovadora que esperan inaugurar en otoño. De momento, ya funcionan Malabar y La Marítima.

En Malabar, con un sofisticado toque canalla y portuario, en la primera planta, hay hamburguesas gourmet y unos apetitosos sanguchos —los sandwiches andinos—, además de tapas, ensaladas y una variadísima oferta cervecera que incluye la Amstel traída en tanques desde la fábrica, a 23 kilómetros, y canalizada por todo el complejo. La Marítima, en la planta baja, debería ser el espejo donde se miraran los clásicos del vecino paseo de Neptuno. Su oferta gira en torno al horno de leña, al rape, la escorpa, la lecha o el san pedro de la vecina lonja y a los arroces: el de senyoret está tan bueno que nos sentimos como bastante más al sur y la paella valenciana sólo la sirven por encargo porque la hacen a la antigua. También hay un falso buñuelo de brandada, unas cigalitas salteadas con alubias o una caldereta de gamba con huevo campero, literalmente conmovedores. Y mucha cerveza, claro, aunque, también, una impresionante carta de vinos. Unos 40 euros y feliz como una perdiz.