Vinos blancos: el ánfora regresa al futuro

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El ánfora regresa al futuro

El ánfora regresa al futuro como una metáfora de los vinos que se fueron sin dejar de estar ahí y vuelven sin haberse ido. La moscatel, la malvasía o la garnacha blanca, así como algunas elaboraciones ancestralmente vanguardistas, son algunas bazas a la hora de (re)inventar los vinos blancos del Mediterráneo. En el Salón Anforae, celebrado recientemente en Alicante, hubo algunos ejemplos.

¿Por dónde empezar? ¡Por la moscatel, claro! Y por una buena noticia: la de La Mata —procedente de un viñedo de Torrevieja singular donde los haya, pie franco incluido— está en buenas manos después de que Vinessens adquiriera Casa Balaguer, que gestionaba hasta entonces esas vides únicas. Con el trajín de la compraventa, El Carro 2016 estuvo en madera más tiempo del previsto —hasta un año— en un descuido tan afortunado como el de las hermanas Tatin al poner la manzana en la tartera antes que la masa. Intenso y elegante en nariz, corpulento y fresco en boca… Un gran moscatel seco, en las antípodas de la mistela. Hace un año les hablábamos de una interesante aportación de Vinessens a la (re)invención de los blancos de la DO Alicante con su Salino de malvasía y la segunda añada, la de 2017, mejora aún aquel prometedor inicio.

También hay malvasía —junto a otras siete variedades, por lo menos, desde la autóctona verdil hasta la universal chardonnay— en el Cullerot 2017. Celler del Roure buscaba viejos viñedos en una tierra de tintos como Els Alforins, en la DO Valencia, pero se tropezó con auténticas joyas en cuanto a uvas blancas y les aplicó las técnicas de elaboración y crianza en tinajas de barro que Pablo Calatayud ha contribuido a resucitar: preservan el frescor y aportan complejidad, aspectos en los que no andan sobrados los blancos mediterráneos. El ánfora regresa al futuro.

Seguimos el rastro de la moscatel y la malvasía Mediterráneo arriba. El Perfum 2017 lleva parellada y macabeo, además de muscat, en un dechado de frescor y complejidad. Lo elabora Can Sumoi, el proyecto biodinámico que Raventós i Blanc puso en marcha tras su salida de la DO Cava en 2012. El Blanc Tradició 2015, también del Penedès, lo elabora Can Feixes con malvasía de Sitges —un clon peculiar— y xarel·lo. Tiene crianza, pero no madera —el trabajo con sus lías en acero inoxidable, la permanencia en botella— para obtener elegancia y volumen.

La garnacha blanca es otra variedad que no nos cansamos de reivindicar, arraigada en Cataluña y más al norte: el Ródano. La encontramos también en la DO Méntrida: un vino que se llama Loco y a la botella le ponen una camisa de fuerza. El roble francés despliega un festival de aromas terciarios y una sedosa amabilidad en la boca. Y no sólo el ánfora regresa al futuro: hay otras viejas prácticas enológicas que cobran una nueva dimensión. En los confines del Mediterráneo —la zona de Jerez—, la histórica Bodegas Barbadillo inventa el futuro desde el pasado: Mirabrás 2014 es como una manzanilla, con su crianza biológica, pero sin alcohol añadido. Aunque esto recuerde a los vinos “amarillos” o “de paja” del Jura, un veterano de la casa asegura que es “una canción de Mairena suspendida en el aire de un viejo salón bodeguero”.

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